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viernes, 30 de abril de 2010

ROPA VIEJA


Me gusta la ropa vieja,
pellejo de serpiente,
es piel ya domada
de este que no se arrepiente
de serle fiel hasta la muerte
a esta chaqueta gastada.

Cambiar de ropa.
De chaqueta
mudar el alma,
está bien visto
es moderno,
y para eso vivimos,
aunque nos cueste el pellejo
aunque se sude en invierno.

Gracias a esta costumbre
me gano algún reproche,
la mirada burlona
el desprecio sonriente.
Decide, que es presente.
O cambio de ropa
o cambio de amigos.
Lo pienso treinta segundos,
me sobran veinte.
Sigo con mi ropa,
es más saludable,
más económico
y así conozco gente.


Imagen:Jose Fares

ESPANTAPÁJAROS

Después de mucho cavilar, Hombre había encontrado la solución, la manera de evitar que los malditos pájaros le robaran lo que era suyo.

Estaba seguro de que la cosecha sería la mayor de todo el valle, que a partir de aquella, todas las demás también lo serían, pero ni aún así llegó a cambiar el gesto grave. Pensaba en los nuevos problemas, en el modo más rápido de recoger tal cantidad de grano, en elegir un lugar seguro y cercano a su cabaña para levantar un cobertizo, en guardarse de los malintencionados, en los recelos del chamán...

Con el tiempo, también encontraría una solución para eso, pero antes debería ponerse manos a la obra. No le supondría mucho trabajo, tan solo necesitaba unos cuantos palos y unas pieles rellenas de despojos, con eso bastaría para construir su guardián de las semillas.

Empleó el resto de la tarde en dar forma a su idea. Clavó dos maderos en el mismo centro del sembrado, sobre ellos dispuso un gran corpachón lleno de borra y paja al que ató unos largos brazos de rama. Después lo abrigó con los harapos de una vieja capa, y le dio más. Larga melena de hojas, cabeza de cáscara de calabaza, ojos de carbón, nariz de zanahoria, y con la punta de su cuchillo, una sonrisa quebrada. Tan solo le quedaba armarlo, y para eso, fue en busca de una vieja hoz astillada que un día tiró en la trasera de su cabaña.

Al terminar, contempló orgulloso a su guardián. Visto en la penumbra su aspecto era realmente amenazador, ligeramente encorvado hacia delante, como si estuviera a punto de dar el primer paso hacia su enemigo. Era seguro de que no sólo asustaría a los pájaros, cualquier extraño se lo pensaría dos veces antes de acercarse. Esa noche, antes de dormir, se preguntó muchas veces como es que no se le había ocurrido antes una idea tan magnífica como aquella.
A la mañana siguiente, con las primeras luces, descubrió satisfecho que ni un solo pájaro se posaba en sus campos. Con un grito triunfal señaló a lo más alto, allí donde, con las alas extendidas y trazando grandes círculos, planeaban entremezcladas bandadas enteras de cuervos, urracas y gorriones.

Durante todo aquel día, Hombre apenas trabajó. Su cabeza estuvo siempre ocupada en imaginar la reacción de los demás ante su gran idea. Suponía que la mayoría alabarían su ingenio, al menos al principio, después llegarían las envidias, los reparos que el chamán pondría a su criatura. Le recordaría sin duda, que la figura humana era tabú, que los dioses podían enojarse y castigarles a todos por su culpa. Decidió enterrar esos asuntos bajo montañas de grano, e intentó calcular cuantos esclavos tendría que comprar para recoger tan inmensa cosecha, las herramientas nuevas que encargaría al herrero, los pasos a seguir tras dejar de ser nadie y convertirse en el más respetado y poderoso de todo el valle, el escrupuloso orden en que haría pagar a sus vecinos por todas las afrentas del pasado...

Con aquel último y perverso pensamiento entró en su cabaña, cerró la ventana, y se arrebujó en su catre. Un instante después, Hombre cayó en lo hondo de un sueño, uno tan negro y espeso, que una vez llenó su cabeza, siguió creciendo y creciendo hasta salir de su cuerpo, hasta llenar la cabaña.

Afuera, en los campos, ocurrieron cosas igual de extrañas, cosas que nunca antes ocurrieron. El sol se puso, pero los pájaros continuaron volando en círculos, no regresaron a sus nidos, danzaron sin descanso, dando vueltas y vueltas sobre los campos. Tal vez fue por eso que el temible guardián de las semillas cobró vida entonces, tal vez por eso los grillos guardaron silencio, tal vez por eso la mirada vacía de calabaza se llenó de luz de luna, y tal vez por contemplar cosas tan insólitas, las aguas del río detuvieron su paso mientras todo lo imposible sucedía.

Los ojos del guardián contemplaron el mundo por primera vez. Recorrieron los campos, treparon las montañas, y cuando regresaron al llano, fueron hasta más allá de los bosques de poniente, más allá de las colinas negras. Después ascendieron, volaron en compañía de aquellos hermosos seres alados que desde lo alto, le saludaban y le daban la bienvenida a la vida. Por eso alzó sus manos, necesitaba abrazarles, acariciar sus pequeños cuerpos, derramar cuanto antes el infinito amor, el agradecimiento que sentía por todas las maravillas que se le habían entregado.

Los pájaros se alejaron aún más del monstruo, temían que sus terribles garras llegaran a alcanzarles. Sabían muy bien que una vez los atrapara, serían devorados al instante, o peor aún, torturados hasta la muerte. No podía ser de otra forma. Sólo así tendrían sentido aquellos dedos retorcidos, aquella sonrisa dentada, la cortante hoja que blandía en el aire, o el escalofriante fulgor de sus ojos.

Entonces, uno de aquellos seres cayó de los cielos. El guardián quiso acudir en su ayuda, pero le fue imposible. Sus piernas se negaban a dar aquél primer paso, estaban ancladas al suelo. Se debatió con todas sus fuerzas en el intento por liberarlas y tuvo que escarbar entre sus pies para conseguirlo. Avanzó tambaleante al princípio, sacudiendo sus delgados y desproporcionados brazos en el aire para mantener el equilibrio, atento a cualquier cosa que se moviera entre el sembrado, deteniéndose a cada poco para escuchar atentamente en medio de un silencio absoluto.

Cuando creía haber perdido definitivamente el rastro y estaba a punto de darse por vencido, le llegó un débil y entrecortado aletear. El sonido se alejaba de él poco a poco, aquel ser se arrastraba con la intención de escapar. El guardián aceleró entonces el paso y no tardó en darle alcance. Estuvo a punto de pisarlo, sus piernas de madera aún se negaban a obedecerle en todo. Entre ellas lo descubrió, exhausto y maltrecho, tembloroso de frío y miedo. Al verse atrapado entre aquellos dedos de rama, y en un último esfuerzo, el animal se revolvió sobre sí mismo y lanzó un grito. El guardián se quedó muy quieto, fascinado al descubrir los diminutos ojos verdes de aquel pequeño y hermoso ser. Contemplándoles en la distancia, nunca hubiera podido imaginar que cupiesen tantos rojizos en su pecho, tantos dorados entre las plumas pardas de sus alas.

-No temas nada amigo –dijo el guardián, con una voz que nunca nadie había escuchado.
-¿Amigo? –preguntó el cuervo con un graznido.
-Si, amigo. Soy el que os saluda desde aquí abajo, en el sembrado.
-No intentes engañarme, yo sé muy bien quien eres, eres el espantapájaros.
El guardián negó sacudiendo su cabeza, y cuando iba a hablar de nuevo, el cuervo graznó desafiante.
-¡Adelante! ¡Acaba conmigo de una vez! ¿A que viene tanto disimulo? Al fin has vencido, te has salido con la tuya maldito espantapájaros. Ni yo ni mis hermanos hemos podido alimentarnos en todo el día, pronto caerán desfallecidos a tus pies el resto de los míos. Hombre te estará agradecido por tan buen servicio, tal vez te dé algo más, algo más viejo y sucio, algo que ya no le sirva.
-No... no, yo no... –balbuceo confundido el guardián.
-Venga espantapájaros, adelante, mátame ya, para esto te han creado.
Como única respuesta, los dedos retorcidos del guardián acariciaron la punta de un ala; un momento después, y con sumo cuidado, apretó al pájaro contra su pecho. Se agachó entonces, y tras arrancar unas cuantas semillas del suelo, las fue dejando en el pico del asombrado cuervo.
-¿Qué haces espantapájaros? ¿Es que no me vas a matar?
-Yo soy vuestro amigo. No sé quién soy... pero sé que no soy espantapájaros, sé que no quiero matar. Sólo ser vuestro amigo, amigo del río, amigo del bosque, amigo del viento, de la luna... Quédate un tiempo conmigo amigo cuervo, entre la paja de mi cuerpo volverá tu calor, y con las semillas del sembrado volverán tus fuerzas. Pronto podrás volar otra vez, pronto estarás con los tuyos allá arriba, y así todo estará bien.
-Entonces... ¿No odias a los pájaros? ¿No eres malvado?
-¿Por qué habría de serlo? Tú y tus hermanos me hacéis feliz con vuestras piruetas y vuestras danzas con la luna, por eso os saludaba, nunca os haría daño.
-¿Nos saludabas? Nosotros creíamos que querías espantarnos, alejarnos de las semillas. Cuando alzabas las manos... tu sonrisa era tan...
El guardián se llevó las manos de rama a su rostro de calabaza, se miró los brazos de estaca, las piernas hechas de maderos, y fue entonces consciente de su terrible aspecto.
-A pesar de todo no os haría nunca daño... ¿Por qué habría de hacerlo? –se repetía el guardián.
-Porque nos comemos las semillas. Hombre cree que son suyas y de nadie más. Piensa que todo crece para él, que el viento sopla para él, que la lluvia cae para él. Olvida que mucho antes de que naciera ya crecían las espigas, el viento sembraba, y el cielo regaba la tierra. Es un ser cruel, débil, envidioso y ladrón por su propia naturaleza. Roba un pedazo de tierra, levanta su cabaña y enferma de avaricia. Todo le pertenece, lo que puede tocar y lo que no, siempre ha sido así de estúpido y seguramente, siempre lo será.
-Entonces... alguien debería decirle...
-Yo que tú no lo haría. Hombre no es sólo malo y codicioso, tiene dentro de él algo mucho peor. Hombre siempre tiene miedo. Eso le hace muy peligroso, le hace ver lo que no existe, le llena de odio.
-Hablaré con él, pensaré en la manera, entenderá...
-No entenderá nada, te digo que hombre no es bueno.
-Sí que lo hará, yo sabré como.
Tanta era la fe que el guardián ponía en las palabras, tanta su seguridad, que el cuervo dudó por un instante si aquello sería posible.

Durante un tiempo, descansó en las entrañas del guardián. Allí se alimentó, allí se refugió de la helada y del viento, hasta que un día, las fuerzas volvieron a sus alas. Entonces regresó junto con sus hermanos para hablarles de aquel que pudiendo ser terrible, prefería ser bondadoso.

La buena noticia voló por todo el valle. Los cuervos se lo contaron a los gorriones, los gorriones a las urracas, ellas a los verderones, ellos a las palomas, a las tórtolas, a las perdices, y estas a todos los demás pájaros del cielo.

Nadie supo de la razón por la que el guardián eligió precisamente aquella noche para hablar con Hombre. Puede que simplemente no hubiera ninguna, pero lo cierto es que justo antes de que entrara en la cabaña, una nube de color mal presagio, cubrió los ojos de la luna.

Al ir a llamar, advirtió que la puerta cedía. Era sólo una prueba más de que el destino aprobaba su decisión. La empujó muy lentamente, y antes incluso de abrirla del todo, percibió un tenue resplandor anaranjado que inundaba todo el interior. Era aquel un extraño animal, pero también el más hermoso que nunca había visto. Sus formas cambiaban constantemente, los tonos de su piel eran rojizos, amarillos, naranjas a veces, incluso azules, y un tenue velo negro bailaba inquieto sobre él. Habitaba en una especie de hueco en la pared, sobre un grueso y renegrido tocón de madera que parecía ser su alimento. No pudo resistirse a la tentación de verlo desde más cerca y casi se olvidó de la razón por la que estaba allí. Al acercarse e intentar tocarlo, el animal le mordió, no muy fuerte, y aunque apenas le dolió, fue suficiente como para no volver a intentarlo.
Un seco ronquido le hizo mirar a su espalda. Hombre dormía en un rincón, casi al lado de la puerta, resoplaba inquieto, encogido sobre sí mismo, balbuceando palabras sin sentido, con el resplandor anaranjado del animal pegado a la piel.

El guardián dudó por un instante y rebuscó en lo más hondo de su calabaza algo que le ayudase a tomar la decisión correcta. Encontró las advertencias del cuervo, un susurro del viento, la mirada torva de Hombre oteando el cielo... y con tan poca cosa, alargó su mano hasta tocarle la mejilla. El primer intento no bastó para sacarle del profundo sueño, el guardián tuvo que insistir varias veces más, y cada una de ellas con más fuerza. Hasta que al fin, Hombre abrió los ojos.

Una bocanada de terror le inundó por dentro. Aún aturdido, pero sabiéndose despierto, creyó que los habitantes de sus pesadillas se habían hecho realidad. Aquellas garras retorcidas y punzantes le acababan de tocar. Se llevó la mano a la cara y notó el escozor de una herida, la humedad de la sangre, tal vez de un simple rasguño, tal vez de una herida mortal.

Hombre saltó de su camastro con un alarido, y tras buscar desesperado un escondite que no había, se lanzó en pos de su hacha. Sintiéndose acorralado, blandió su arma ante el monstruo, tenía que impedir que se acercara lo suficiente como para herirle de nuevo, y en el intento, pudo reconocer al espantapájaros que había construido días atrás. No le sirvió de consuelo, fue incluso peor el saber que alguna especie de brujería le había dado la vida convirtiéndolo en una espantosa abominación. Las garras se alzaron de nuevo en el aire, el espantapájaros avanzó hacia Hombre con decisión, y el fuego de la chimenea quedó tras la horrenda criatura. Sus ojos vacíos se cargaron entonces de un rabioso resplandor, y su boca, también de fuego, se alargó en una sonrisa imposible.

Sin tiempo suficiente como para escapar por una ventana, y con el monstruo bloqueando la puerta, Hombre se vio perdido. Tal vez gracias a eso, encontró el valor suficiente como para aferrar el mango del hacha, y disponerse a vender cara su vida.

El chaman ya le había advertido de la existencia de demonios así, seres maléficos que alentados por viejos espíritus, devoraban cuerpos y almas desde el principio de los tiempos, seres temibles y poderosos, seres que no estaban ni vivos ni muertos, pero que podían ser destruidos.

Repitiéndose a sí mismo aquellas palabras, no le resultó demasiado difícil descargar el primer golpe de hacha sobre el demonio. La hoja se hundió en su pecho, lo traspasó de parte a parte dejando un enorme desgarro del que colgaban entrañas de paja y borra. Hombre se reprochó todos sus miedos ante un ser tan frágil. Contemplando asombrado los efectos del primer envite, supo que su victoria era segura y lo celebró con una escalofriante carcajada. El monstruo retrocedió, parecía aturdido, asombrado por todo, ahora era él el que miraba desesperado en todas direcciones buscando refugio y se protegía con las manos de los ataques de Hombre. En uno de ellos, el filo del hacha encontró un brazo del espantapájaros y lo cortó de un solo tajo. Los dos quedaron mirándolo durante un momento, viendo perplejos como la rama de árbol se retorcía en el suelo, cada vez con menos fuerza, hasta quedar inmóvil. El demonio dio un nuevo paso hacia atrás, muy cerca del fuego, tanto, que alguno de los hilos de borra que caían por su espalda comenzaron a humear. Hombre sonrió satisfecho, había encontrado otra manera de destruir al monstruo, otra mucho menos arriesgada que despedazarla a golpe de hacha. Sin un instante de duda, se situó junto a la chimenea y valiéndose de su arma, barrió la base del fuego para lanzar una lluvia de brasas sobre el demonio. Algunas de ellas se hicieron llama en el interior de su hueca calabaza, entre la paja de su pecho abierto, otras en la madera seca de sus piernas, todas en su corazón.

Espantapájaros conoció el miedo, lo descubrió al poco de entrar en la cabaña, en los ojos de Hombre. Supo además de cómo ese oscuro sentimiento podía pasar de unos a otros con tan solo una mirada. También conoció el dolor, y el odio, y todo lo malo que de pronto pareció llenar el mundo. Por eso huyó. No podía soportar por más tiempo la mordedura del extraño animal, que al ser golpeado, se había convertido en los muchos que ahora crecían prendidos a su cuerpo y amenazaban con devorarle.

Corrió, corrió tan rápido y tan lejos como sus piernas retorcidas le permitieron, sin saber qué dirección tomar, dejó tras de sí los sembrados, y cruzó todo lo ancho de la vega para entregarse al inmenso esfuerzo de ascender la gran colina. Llegó a su cima, solamente entonces se dio por vencido, las llamas no le habían abandonado, continuaban abrazándole, pero ahora incluso con más saña, con la voracidad de una bestia hambrienta, convirtiéndole en una antorcha viviente que podía ser vista desde cualquier punto del valle. Sabía que le quedaba muy poco tiempo y no debía desperdiciarlo, por eso dejó atrás todo lo malo que encontró en la cabaña de Hombre. Con el último rastro de consciencia quiso contemplar por última vez los campos, el bosque, las montañas, la luna... y sobre su claridad, descubrió el oscuro de una pequeña nube que avanzaba rauda hacia él.

Era el cuervo. Mientras buscaba una corriente de aire que lo elevara hasta lo más alto, una extraña luz llamó su atención, era su amigo convertido en una antorcha viviente, huyendo desesperado a través de los sembrados. Ahora, y en compañía de sus hermanos de bandada, acudía en su ayuda.
Aún a riesgo de abrasarse, se lanzaron como uno sólo sobre lo poco que quedaba del espantapájaros. Sin importarles el peligro, revolotearon entre el fuego para intentar apagarlo, pero todo esfuerzo fue inútil. El cuerpo del que fuera su amigo se desmoronaba entre las llamas, y mientras, el valle entero parecía contener la respiración.

Mucho después de que todo acabara, los cuervos continuaron batiendo sus alas sobre los rescoldos en un vano intento de insuflarles vida, pero sólo consiguieron esparcir los restos de su amigo a los cuatro vientos, y que la densa humareda tiñera de negro sus plumas para siempre.

(Imagen:Enrique Grau)

Waiting for the Guards - 14+


http://www.youtube.com/watch#!v=TZ1NYizv2sw

jueves, 29 de abril de 2010

PERDER LA CABEZA

-Ya está otra vez con lo mismo. Esa dichosa manía que ha cogido tu padre le va a hacer perder la cabeza. Parecía que se había olvidado, pero no, ya está otra vez con la misma monserga de siempre.
-No le hagas caso mujer, tú dale la razón, síguele la corriente y ya verás como se olvida del asunto.
-¡Darle la razón! Eso es lo que llevamos haciendo desde hace meses y no veo que la cosa mejore. Cada vez se pone más y más pesado, no deja de repetir que si no tenemos respeto por sus...
-¡Que te estoy oyendo bruja! Que aunque la cabeza me falle a veces, el oído lo tengo mejor que vosotros. Bueno... el oído y el corazón, todo hay que decirlo. El vuestro es de piedra, de la piedra más dura que pueda haber, no me explico si no como podéis negarme lo que os llevo pidiendo desde hace más de un año. A mí, que todo os lo he dado, a mí, que os ayudé cuando más lo necesitabais, a mí, que soy el único abuelo que les queda a vuestros hijos, a mí que...
-¡Ya está bien Ambrosio! ¡Yo creo que ya está bien! No sé cuantas veces vamos a tener que explicarle que no puede ser, que eso que usted quiere es una tontería sin sentido. ¡Díselo tú Manuel, díselo tú que eres su hijo! Pero díselo como hay que decir estas cosas y no con media lengua, porque como no le hagas entrar en razón, a mí me va a dar algo. ¡Te digo yo que un día me va a dar algo!
-Bueno mujer, no grites tanto, que tampoco hay que ponerse así...
-¿Cómo que no es para ponerse así? Demasiada paciencia estoy teniendo con todo eso de la ventana. Mira Manuel, ya no sé quien tiene más culpa de estos nervios que tengo, si tu padre o tú. Si es que entre los dos me vais a matar a disgustos.
-Vamos, vamos, que no es para tanto. He encargado una pantalla de fluorescentes y un pequeño acondicionador de aire que me ha recomendado el de la tienda de abajo. Con eso bastará para que la habitación tenga tanta luz y tanta ventilación como si hubiera una ventana.
-Pero hijo, ¿es tan difícil de entender? Sabes de sobra que con la miseria de pensión que cobro no me lo puedo permitir. Si tuviera algo de dinero, yo mismo la habría encargado hacer hace mucho, y no una ventana cualquiera, un señor balcón de tres por cuatro, con su barandilla y todo... No necesito chismes eléctricos ni gaitas por el estilo, lo que necesito es una jodida ventana. Nada más que eso. Y si no puede ser de las grandes, pues una pequeña, con eso me conformaría. Seguramente os costaría mucho menos que todos esos cacharros que dices y harías de tu padre el hombre más feliz de la tierra ¿Es mucho pedir? ¿Vas a negarme este último regalo a mí, a tu padre?
-Mira papá, lo hemos hablado un montón de veces. Sabes de sobra que si pudiéramos...
-Esa bruja te tiene sorbido el seso, siempre lo he dicho, desde antes que os casarais. Y además me odia, no sé por qué, pero me odia con toda su alma.
-No digas eso papá, ella tiene su genio y tú tienes el tuyo. Aquí nadie odia a nadie, lo que ocurre es que estás obcecado con este asunto de la ventana y no quieres recapacitar. Mañana nos vamos con los niños quince días a la playa, te he dicho cien veces que te vengas con nosotros y no ha habido manera de convencerte. Estoy seguro de que el cambio de aires te habría sentado de maravilla. A la vuelta lo verías todo con otros ojos. Pero no, tu prefieres quedarte aquí encerrado, criando toda esa mala leche y esa cabezonería sin sentido, dándole mil vueltas a lo tu ventana, tu ventana, tu ventana...
-Déjalo hijo, déjalo. No volverás a oírme decir nada más de la ventana, es más, con tal de no molestaros, he decidido no decir una sola palabra de aquí a que me muera. Así ya no discutiréis por mi culpa. Vete a la playa, olvída lo mi ventana, olvídate de mí y no te molestes en llamar, voy a dejar el teléfono descolgado. Y ahora, te agradecería que cogieras a tu mujer y os marcharais de mi casa. Dejadme solo, necesito pensar en todo esto.
-Va papá, no me vengas con esas, tu sabes que haría cualquier cosa por hacerte feliz, pero es que lo de la ventana es...
-Vete a la mierda hijo mío.


Dos semanas después, en otra parte de la ciudad...


-¡Maria! Me voy al trabajo, te dejo en la mesilla el dinero de la compra de mañana.
-¿Pero como? ¿Hoy tampoco vienes a dormir? Creía que lo teníamos más que hablado. Te dijo el médico que presentaras la baja a tu jefe, que no estás en condiciones de trabajar y menos de hacer turno doble.
-Es que no han podido encontrar quien me substituya, hay dos compañeros de baja por la dichosa gripe. Pero seguro que a la semana que viene todo está arreglado y no habrá mayor problema...
-No sé qué me duele más. Que te engañes a ti mismo, o que me intentes engañar a mí. Anoche lo hablamos y me dijiste que hoy mismo...
-Claro que lo hablamos cariño, claro que lo hicimos, pero es que no me acordé de lo de las bajas de los compañeros. No puedo dejar a mi jefe en la estacada, ya sabes que no puedo.
-¡La que no puede más soy yo Mateo! El psiquiatra nos dijo que deberías dejar de trabajar, o buscarte otra cosa, que tu obsesión puede terminar muy mal...
-Yo ya no tengo ninguna obsesión María, he ido a todas las sesiones de terapia, me tomo las pastillas cada día, y empiezo a dormir algo mejor. Puede que no me creas, pero siento que poco a poco me estoy curando. No hay por qué tomárselo tan a la tremenda.
-Estás peor Mateo, te enredas en tus propias mentiras, y no puedes darte cuenta porque estás enfermo, demasiado enfermo como para ver lo que te estás haciendo.
-No empieces con eso otra vez cariño. Piensa en lo bien que nos viene el dinero de los turnos extra. Tu y yo sabemos que en cualquier otro trabajo no ganaría ni la mitad de...
-¿Y eso de que nos va a servir cuando pierdas la cabeza? ¿Cuándo tengan que ingresarte en uno de esos sitios horribles? ¡Dímelo Mateo! ¡Dime qué será de nosotros entonces!
-Estas exagerando...
-¿Exagerando? ¿Exageran también tus compañeros? ¡Mírame a los ojos y dime que exageran todos los demás conductores cuando me dicen que sigues obsesionado con esa locura tuya! ¡Contéstame Mateo! Júrame que ya no buscas a esa gente que vive bajo los túneles del metro, esos que según tú, llevan siglos excavando una inmensa red de galerías que un día de estos usarán para invadirnos. Todos los de tu turno me lo han advertido. Incluso tu propio jefe está al tanto de todo. Quiere darte la baja definitiva, pero el psiquiatra le recomienda que espere un poco más, cree que sería mejor que tú mismo la pidieras, que supondría un primer paso para curarte...
-Ya veo que estás al corriente de todo. Creí que podría confiar en ellos después de tantos años en la empresa. Mira que les pedí... que les supliqué un poco más de tiempo antes de contarte nada. Pero no lo entienden, ninguno de vosotros me entendéis María. Sois incapaces de comprender el peligro que corremos... ellos están a punto de llegar desde allí abajo... no tardarán mucho más... ya lo veréis, aunque tal vez sea demasiado tarde... pero no dudes que lo veréis. Presiento que esta misma noche...
-¿Pero tu te oyes Mateo? ¿Te escuchas a ti mismo? ¿No te das cuenta de lo mal que estás? ¡Mateo! ¡No te marches Mateo! ¡Vuelve Mateo! Por lo que más quieras... no me dejes así... vuelve... vuelve...


###


Mateo no volvió, ya no volvería nunca. María lo supo nada más verle al día siguiente. Encerrado en aquella sórdida celda acolchada del psiquiátrico, atado de pies y manos con gruesas correas al somier de una cama, con la mirada vacía y los ojos cargados de locura, presa de un intenso delirio y gritando con la voz rota que ya estaban aquí, que había visto al primero de los invasores del submundo asomándose a uno de los túneles de la línea cinco.
De la ventana de Ambrosio y del propio Ambrosio tuvieron noticia su hijo y su nuera al leer los periódicos. Un hombre de setenta y dos años había excavado un túnel en la pared del sótano donde vivía, esta se encontraba muy próxima al trazado de cierta línea de metro, y al asomarse al otro lado, el tren que en ese momento pasaba, le había decapitado produciéndole una muerte instantánea.

miércoles, 28 de abril de 2010

BAJO EL PELO







Sólo dispongo de tres ideas,
tal vez cuatro,
puede que cinco.
La primera en la frente,
para que todos la vean,
para que nadie la encuentre.

Es la que sujeta el pelo,
la que me tortura al cavilar.
¡Que nadie respire!
Es tan ligera que igual que vino,
igual se puede marchar.

La segunda es toda duda,
con un cuerpo de espantajo,
sin manos ni pies,
poco hecha,
casi cruda.

Aún así está orgullosa.
Vive al lado de la tercera
una señora idea toda digna,
nada vulgar, siempre seria.

Mi cuarta idea está ausente.
Dejó señas,
dejó deudas,
y una nota que dice:
“reclamaciones, puerta de enfrente”

Ahí habita la quinta.
A la espera del desahucio,
con las fuerzas justas,
con ganas de sobra,
de acabar con todo,
de empezar de nuevo
otra vida, otra frente, otro patio.

martes, 27 de abril de 2010

EL HOMBRE DE ARENA

Hacía ya mucho que permanecía inmóvil. El sonido de la última moneda en su taza de hojalata le había dejado anclado a una postura que no le resultaba demasiado cómoda, pero él se tenía por todo un profesional y aguantaría cuanto fuera necesario.

Cuando menos lo esperaba, llegó de nuevo el ansiado tintineo. Comenzó entonces la estudiada reverencia de agradecimiento a aquél desconocido espectador, esta vez un poco más larga, algo más lenta al abrir los brazos, estirar la espalda, y agachar la cabeza. No necesitó abrir los ojos, su entrenado oído le trajo una risa de niño asombrado y una voz adulta que no llegó a comprender.

Echaba de menos aquellas risas. Demasiados hombres estatua en las calles. Ya era difícil encontrar una buena esquina, más aún los rostros sorprendidos, y aún más las monedas. Últimamente eran sólo turistas los que se detenían a contemplar su trabajo, y como todo el mundo sabía, los turistas se paraban delante de cualquier cosa, el resto, ya apenas frenaban el paso.

-Debería esforzarme más –se dijo –Hacer algo que les impresione de verdad.
Pensó en ello durante el largo rato que le llevó a la siguiente moneda, y justo antes de que esta llegara, encontró la solución.

Su problema era una simple cuestión de convencimiento. Tenía que interpretar su papel con mucha más entrega, con una absoluta fe en aquello que representaba, convertirse en estatua de arena por dentro y por fuera. Esa era la clave para que su público le distinguiera de los demás artistas callejeros. Y puso el alma en ello.

-Soy de arena. Soy una figura de arena y no un hombre. Soy de arena, de arena, sólo de arena... –se repitió a sí mismo infinitas veces.

No pensó en nada más, y al cabo de un tiempo, creyó haberlo conseguido. Dos monedas casi seguidas resonaron en su taza. Le asaltó entonces algo más que un buen presentimiento. Estaba seguro de que su suerte había cambiado para siempre. Había descubierto el gran secreto, la técnica infalible que atraparía la atención de todo aquél que pasara por su esquina. Escuchó un murmullo frente a él, le acompañaba el resonar de pasos que se acercaban desde la otra acera. El rumor de unas voces entremezcladas le dio la gran noticia. No menos de seis personas se habían detenido frente a él, y estaba seguro de que ninguno era un turista. Quiso reír, gritar de felicidad, pero la fina capa de arena que le cubría el rostro se habría resquebrajado al menor gesto, y eso echaría a perder su actuación. No podía fallarles ahora que todo empezaba a ir bien, era un profesional que se debía a su público, por eso no le costó ningún esfuerzo el permanecer inmóvil.

Ahora sí que se sentía como un verdadero artista, pronto se convertiría en uno de los que tanto admiraba, los grandes y desconocidos genios del teatro callejero, el legendario hombre antorcha... la inolvidable mujer de dos cabezas... el gran minotauro de oro... Se imaginó actuando entre aquellos maestros y otros tantos, todos ellos regresaron del pasado y le prometieron su propio lugar en el Olimpo de los hombres estatua.

Aunque su taza seguía casi vacía, no le importó demasiado, ahora estaba llena de orgullo y confianza. Los calambres de la espalda y las piernas habían desaparecido, podría haber jurado incluso que se encontraba más cómodo y relajado cuanto más tiempo permanecía en la misma postura, así que decidió prescindir de la reverencia de agradecimiento por ahora. De ese modo, absolutamente quieto, transcurrieron las horas más felices de su vida, imaginando su taza de hojalata enterrada en monedas, y un paso más allá, una multitud que maravillada por lo que veía, amenazaba con cortar el tráfico de la gran avenida.

El hombre de arena flaqueó entonces. La tentación de ver con los ojos fue más fuerte que él, quiso abrirlos, sólo un poco, lo suficiente como para atrapar para siempre alguno de aquellos primeros rostros fascinados. Los primeros siempre serían los más importantes. No lo consiguió. Tampoco le extrañó. La emoción que sentía en esos momentos debía de haber humedecido sus pestañas y estas se habrían fijado a los párpados. Recordó un tanto decepcionado que alguna otra vez le había ocurrido algo parecido.

Quiso comenzar entonces con la parte más agradecida de su actuación, prestando vida a lo que aparentaba no tenerla. Un movimiento lento y estudiado con el que siempre sorprendía, daba las gracias al público, y de paso, descanso a su cuerpo agarrotado. Pero algo iba mal.

Cuando probó a alzar los brazos no pudo. Alarmado, trató de girar el cuello, mover sus dedos, y también le resultó imposible, estaba paralizado por completo. Aplacó la primera oleada de pánico con una buena cantidad de sentido común.

Hasta cierto punto era lógico que le costara recuperar la movilidad después de tantas horas en la misma postura. Eso, sumado a la inevitable tensión acumulada, por fuerza tenían que afectarle de alguna manera. Pensó entonces en tomarse un tiempo, dejar durante unos segundos su mente en blanco, alejar todo miedo, recobrar lentamente el control, respirar profundamente, visualizar cada músculo al relajarse y contraerse... y ni un sólo centímetro de su cuerpo respondió al intento.
Pidió socorro, lo pidió durante mucho tiempo, pero sus labios se negaban a abrirse, su garganta a articular sonido alguno. Ninguno de los espectadores pudo imaginar la angustia del hombre de arena mientras les suplicaba ayuda.

Entonces llegó lo único que podía despejar de gente la gran avenida. Un golpe de viento cargado de olor a lluvia barrió la calle, unas cuantas gotas hicieron el resto. El creciente repiqueteo sobre sus hombros, pasos alejándose con prisa, las ruedas de los coches en el asfalto mojado, todo le avisaba de la proximidad del desastre. Estaba a punto de ocurrir lo único que no podía ocurrir. La lluvia iba a echar a perder su disfraz de arena delante de todos, era el peor desastre imaginable, toda la magia se esfumaría, ni siquiera podía ponerse a cubierto, aquella inexplicable e inoportuna parálisis se lo impedía. Había llegado a tocar el éxito con las puntas de los dedos y ahora sentía como se alejaba, quizás para siempre. La lluvia arreció.

Fue precisamente ahí, en las puntas de los dedos, donde comenzó a percibir el extraño hormigueo, una efervescente sensación que ascendiendo ya por las muñecas, comenzaba a abrazarse a su pecho. No podía verlo. No necesitaba hacerlo. Sentía como se disolvía su cuerpo, su carne ya no era carne, la materia que antes formaba sus dedos, sus manos, caía al suelo convertida en pastosos grumos de arena mojada.

A pesar de la lluvia, un par de transeúntes se detuvieron ante el hombre de arena para observar de cerca aquello, pronto llegaron otros, compartieron sus paraguas con desconocidos, y juntos, se asombraron de tan magnífico truco de magia. Al poco, comenzaron a escucharse los primeros aplausos, y su sonido atrajo a más y más espectadores, tantos, que pronto colapsaron el tráfico de la avenida. No podían creer lo que veían y buscaban en otras miradas la explicación a aquél prodigio. El hombre estatua de la esquina, ese al que algunos dedicaban una mirada sin demasiado interés camino del trabajo, se estaba convirtiendo en un montón de arena ante sus ojos.

-¡Que increíble efecto! ¿Cómo lo hará? –se preguntaban maravillados.

Ya no eran sólo monedas, sobre la taza de hojalata comenzaban a amontonarse los primeros billetes. La lluvia no cesaba, intermitentes rachas de viento llegaron a descabalar algún paraguas, pero eso no impedía que la multitud fuera en aumento, nadie quería perderse algo como aquello, un estupendo tema de conversación digno de llenar varias charlas ante la máquina del café.

Mientras tanto, lo poco que quedaba del hombre de arena continuaba gritando en silencio, suplicando que alguien le ayudase a parar aquello. Lo que fue su cuerpo se amontonaba sobre la acera, derramándose en todas direcciones, formando los primeros regueros de barro. Pronto caerían en los desagües y desaparecerían para siempre.

Una lágrima escapó de entre sus párpados cerrados, el último rastro humano de aquella informe masa de arena, algo tan vulgar y diminuto que cualquiera podría confundirlo con una gota de lluvia.
Todo había acabado y el cielo comenzaba a clarear, los aplausos y los vítores fueron quedando en nada. La multitud esperó y esperó por un final insospechado y espectacular que nunca llegó. El tiempo les fue convenciendo de ello uno a uno, y cuando lo estuvieron todos, simplemente se marcharon. Profundamente decepcionados, devolvieron al hombre de arena a su lugar, al rincón de los recuerdos más insignificantes, donde nunca nadie mira dos veces.



lunes, 26 de abril de 2010

EL FIN DEL MUNDO

Las señales eran claras, terribles, y estaban en todas partes.

El día y la noche ya no existían en ningún lugar, todo en la tierra estaba permanentemente bañado en aquél resplandor rojizo. El cielo se había convertido en una palpitante masa púrpura que tiempo atrás, había engullido a las estrellas. La vida se apagaba, los árboles, la hierba, las bestias... ya nada era lo mismo, el planeta languidecía a ojos vista, aplastado bajo el presagio del fin de los tiempos.

Peor aún fue para los hombres. Sus ciudades, sus mercados, su economía, sus transportes, su poder y su ánimo eran sólo recuerdos. Regresaron los tiempos oscuros cargados de turbios profetas, sectas apocalípticas y gurús del último día. Vendían esperanza, pero era esperanza amarga, de la que apenas salvaba a unos pocos, a los más fieles, a los que antes abrazaran el nuevo credo y renegasen de los pecadores.

No fueron necesarios muchos días para cambiarlo todo. La desesperación y el miedo corrieron libres, a toda prisa, sin olvidar un sólo rincón, y hasta alcanzarles a todos.

De alguna parte llegaron un día las manchas negras, nunca nadie lo supo. Alargadas e infinitas contra el rojo sangre de los cielos. Cambiantes en sus formas y creando extraños símbolos sin sentido.
En cada continente eran distintas, las últimas emisiones de radio hablaron de ello sin parar, sobre su tamaño, sobre la sustancia humosa que las formaba, pero sin dudar de su lóbrego aspecto de epitafio.

Seis mil millones de vidas perdieron todo sentido. Ante la indefinible amenaza, se vaciaron las ciudades. Por alguna razón que a nadie le importó, los habitantes de todo el planeta abandonaron sus hogares y se desplazaron juntos hacia los campos abiertos. Allí esperaron el final, formando infinitos rebaños de seres temblorosos. Unos a cara descubierta, otros escondiendo su desesperación entre las manos, y todos entregados a su fatídico destino.

Entonces, las manchas cobraron movimiento, perfilándose, dividiéndose en grandes pedazos a veces y uniéndolos a continuación. Siempre muy despacio... hasta formar palabras. Aquí solo fueron dos, inmensas, escritas de parte a parte del horizonte y con un trazo casi infantil...


¡Era broma!

domingo, 25 de abril de 2010

A LA CAZA












Intentando darle voz a un poema,
en esa caza andamos.
Siguiendo huellas de algo hermoso.
Perdiéndole el rastro, sudando,
dando de bruces contra el verso,
rompiendo, rasgando, cosiendo.
Ora un monstruo, ora un beso.
Apretando los dientes hasta romperlos.
¿A qué distancia vive esa puta musa?
¿Desde qué rama se alcanza el cielo?
Nadie lo sabe.
Y sin embargo yo la oigo:
“Guarda el lápiz,
duerme un rato,
con los brazos sobre el pecho,
el camino es largo,
estás cansado, estas borracho,
y tienes sueño”

DON MUERTE

Vino al mundo con la muerte de su madre, envuelto en sangre, y una extraña marca de nacimiento. Un antojo oscuro y siniestro en forma de calavera que señalaba el lugar donde debería haber habido un corazón.

La santera que lo crió, supo enseguida de su destino e hizo todo lo posible para que este se cumpliera. Se dijo que ella misma le bautizó en una misa negra con el nombre de Plutón, que lo cubrió de ensalmos para protegerlo de sus enemigos, que por las noches lo amamantaba con vinagre para que en su rostro siempre hubiera un gesto amargo.

Dejó de ser niño con su primer trabajo, fue a cambio de un batido de chocolate. Dejó de ser pobre con el segundo, fue por un televisor viejo. El tercero fue sólo por dinero.

Después mató a cientos, lo hizo sin odio, sin alegría y sin tristeza, siempre por negocio. A todos los tenía apuntados en un viejo cuaderno de pastas grises. Con sus nombres, sus fechas, sus últimas palabras...

A pesar de su vida solitaria, de su carácter austero y temperado, en el arte de matar siempre fue creativo. A menudo se vestía con una prenda igual que la de su víctima, a veces era la chaqueta, otras la camisa, otras el sombrero. Estaba convencido de que cuando uno ve que alguien lleva su misma corbata, por alguna extraña razón, nunca le mira a la cara; como si quisiera hacer invisible a la molesta coincidencia, y eso era algo más que conveniente para un asesino.

Algunos encargos le llevaron algún tiempo y alguna cicatriz de más, pero todos fueron cumplidos sin excepción. De todo se repuso y nunca guardó rencor, muy al contrario, agradecía a su suerte cada mala experiencia porque eso le obligaba a ser más cuidadoso, más eficiente.
Para Plutón, lo importante era saber dar con el ritmo adecuado de cada trabajo, a veces precisaban de la paciencia de una araña, otras de la rapidez de la serpiente, por medio, una infinita variedad de matices.

Siempre tuvo presente la máxima de todo asesino: “El poder no está en tamaño del arma, sino en la entereza del espíritu, en conservar la calma cuando todos gritan asustados, en atacar una sola vez y matar de un sólo golpe”

Con todo, se tenía por un hombre de principios y también tenía sus propias reglas: “Nunca a una mujer embarazada. No robar a las víctimas. No trabajar con otros. No hacer un servicio sin cobrar antes. No matar cuando la presa duerme. Tampoco cuando reza”

Pocos le llamaban por su nombre, la mayoría le conocía por el apodo que sus satisfechos clientes le dieron. A los cuarenta años su reputación ya abarcaba todo el país. El asesino por excelencia, venerado y temido, una leyenda de la que siempre se hablaba en voz baja, pero sin rastro de odio. Nadie queda resentido con una tormenta, o con el rayo que lo parte, y Don Muerte era exactamente eso, una fuerza de la naturaleza que sin malicia, hacía simplemente aquello que tenía que hacer.
Un día conoció a Demetria.

Una mujer menuda, rechoncha y alegre se enamoró del espigado y taciturno Plutón, y Plutón se enamoró de ella. Ocurrió como ocurren esas cosas, sin razones ni motivos, pero con la irresistible fuerza de lo que es imposible.

Quiso cambiar de vida, de alma si era preciso. Todo con tal de no perderla. Se juró que todo iba a ser distinto, e hizo cosas que nunca imaginó que haría. Compró una bonita casa y dejó su pasado afuera. Puso unas cortinas floreadas en las ventanas de la cocina, pintó la valla del jardín de color azul claro e inventó la vida de un aburrido contable, un solicitado especialista en liquidaciones y finiquitos. Invirtió los ahorros de tantos años para que nunca nada les faltara a sus hijos, y prometió que a partir de entonces solamente habría dos personas en su mundo, Demetria y Plutón. En eso también mintió. Pronto llegaron dos niños, dos copias de sus padres, pero dos copias descabaladas. María era una niña rolliza y de mirada sombría, Juanito un chico enjuto y bonachón.

Apartado por completo de su pasado, incluso llegó a creerse capaz de olvidar y a partir de entonces, ser otra persona, ser solamente Plutón, pero Don Muerte nunca se fue del todo.

Cada noche, el asesino implacable que fue, le arrastraba hacia la misma pesadilla, y en ella, sus muertos comenzaban a salir de las tumbas. El suelo que pisaba se convertía en un escalofriante e inmenso sembrado del que brotaban millares de manos esqueléticas, polvorientos cráneos de cuencas vacías mirando en una sola dirección. Él los pateaba furioso, les ordenaba a voz en grito que volvieran a la tierra, lo hacía con todas sus fuerzas, pero tantos eran, que terminaban siempre por escapar de sus fosas. Entonces la multitud de cadáveres tomaba el camino hasta su casa, la rodeaban, y llamaban a la puerta. Demetria y sus hijos la abrían, y Plutón les perdía para siempre.

De día, y a pesar de sus raras costumbres, su vida transcurría con relativa normalidad. Demetria nunca le reprochó que visitara tanto el cementerio, ni que para matar el rato, se sentara sobre las lápidas para mantener animadas conversaciones con los difuntos. Tampoco que los domingos, a la vuelta del parque, comprara siempre a los niños un par de matamoscas en lugar de los molinillos que estos le pedían entre lloros. Ni siquiera que en las fiestas de cumpleaños de los pequeños no hubiera nunca globos o serpentinas, sólo matasuegras.

Aún así eran felices, o al menos lo fueron hasta que un nefasto día, los niños encontraron un polvoriento cuaderno gris en el desván. Entre sus páginas descubrieron lo abominable del mundo, lo que nunca imaginaron posible y sus espeluznantes detalles, el diario de un monstruo sanguinario. No podían creer que su amantísimo esposo y padre fuera la misma persona que había asesinado a todos aquellos hombres, mujeres y niños. Los muertos de Plutón habían salido al fin de las pesadillas y se llevaron a su aterrorizada familia muy lejos.

Les buscó durante años, y a medida que buscaba, la sensación insoportable de no volver a verlos se fue cociendo a fuego lento en lo más hondo de sus entrañas, tanto y tanto, que un día estalló en llamas. En ese momento, Plutón ardió, no quedaron más que cenizas, y ante tal oportunidad, ese espacio comenzó a ser ocupado por su otro él.

Se culpó a sí mismo, a la mala suerte, a su torpeza imperdonable, después culpó al destino, al mundo entero, a dios... y fue entonces, cuando ya no le quedaron inocentes, cuando la idea de la venganza comenzó a tomar forma. Si no se le permitía ser un hombre corriente, se dejaría llevar, nadie podría pedirle cuentas por las posibles consecuencias. Gracias a una diaria aplicación de ese bálsamo negro, la pena dejó de doler. La ira se hizo con todo. En muy poco tiempo, su sordo impulso se volvió irresistible, ilógico, y terminó por derramarse en todas direcciones. Ni siquiera pudo elegir a sus víctimas, la casualidad lo hizo por él. Una noche, un corto paseo en coche, una calle, un rótulo luminoso de color sangre, y una puerta entreabierta ofreciéndole un lugar repleto de rostros desconocidos e indiferentes, de vidas por segar. Don Muerte no necesitaba mucho más.

Al ir a entrar, un gigante con voz de trueno salió de la oscuridad, y se plantó ante él. Apenas escuchó lo que decía. El brillo metálico del bolígrafo que le sobresalía del bolsillo de la chaqueta, sólo eso le interesaba. No hubo una sola palabra de por medio, con un rápido movimiento y una destreza casi sobrenatural, le arrancó el bolígrafo del bolsillo para clavárselo en el oído. Apenas sobresalía su extremo. De no ser por el blanco que le llenaba los ojos y el fino hilo de sangre pegado a su mejilla, cualquiera podría haber visto en aquél gigante a otro borracho de tantos dormitando contra la pared.
Don Muerte ni siquiera levantó la mirada, su entrenado instinto le bastaba para estar seguro de que nadie le observaba. Palpó la chaqueta del cadáver y sonrió sólo para sus adentros. El gigante llevaba encima una pistola de pequeño calibre y una espléndida navaja que nunca más iba a usar. Con un arma en cada mano, respiró hondo, y tomó posesión de un reino largamente añorado. Sus presas estaban dispuestas, repartidas por todo el local, y él no podía hacerlas esperar.

Nadie le molestó mientras asesinaba a las quince personas que había en el interior de aquél club de carretera. Al poco de comenzar, se tomó la molestia de cerrar la puerta por dentro y cortar las tomas de luz y teléfono. Los primeros fueron piezas realmente sencillas, corriendo alocadamente entre la penumbra, ansiosos por llegar hasta sus manos, demasiado fáciles para su gusto. La mayoría le esperaron pacientemente en los reservados, sentados sobre el borde de la cama, con las ropas arrugadas entre las manos. Nunca dejaba de sorprenderle aquella dócil actitud que siempre terminaba por aparecer en todas sus víctimas, en los mansos y en los luchadores. La serena resignación que asomaba de repente a sus caras al mirarle a los ojos, al comprender que había llegado su hora.
Sólo una fue algo distinta. Aquella mujer oscura apoyada en la barra, muy cerca de la entrada; la que murió con la expresión atónita de quien recibe una broma incomprensible, esperando que en el último aliento, alguien le mostrara el truco secreto que lo aclarara todo. Pero la explicación nunca llegó. La mató como a los demás. Eligiendo el modo más eficiente. Con la pistola a unos, a otros con la navaja, con una botella rota, con un pedazo de cable, con sus propias manos... con indiferencia y sin la más mínima inquietud.

A la mañana siguiente despertó en su cama, aún vestido y cubierto de sangre, sin estar seguro de haber tenido una espantosa pesadilla, rogando por que así fuera. Don Muerte parecía haberse retirado a descansar tras su último y sangriento banquete, ahora Plutón volvía a estar solo con sus recuerdos, con los fantasmas de Demetria y sus hijos, con el peso de una culpa que le aplastaba contra las sábanas y le impedía respirar.

Las imágenes de las personas que había matado la noche anterior se habían sumado a todas las demás, y juntas, giraban ahora en su mente, grabadas a fuego y abrasándole el alma. Pensó que ningún infierno sería peor que aquella tortura, y estaba dispuesto a comprobarlo.
El suicidio, no podía imaginar otra salida.

Era preciso aprovechar cada minuto de aquello sólo semejante a la lucidez. Saltó de la cama y fue en busca de la pistola, empuñó la culata con ambas manos, se metió el cañón en la boca, apretó los ojos y el gatillo a un tiempo, pero nada ocurrió.

Estaba encasquillada. Plutón gritó furioso, sus armas nunca fallaban, nunca a él. Quitó el cargador y lo golpeó contra la pared, sacó las balas una por una, también la de la recámara, y resoplando satisfecho, volvió a cargar la pistola. Con ella apuntándose a la sien, apretó de nuevo el gatillo, lo hizo una docena de veces, y cuando ya no fue capaz de soportar ni un solo “clic” más, la dejó sobre la mesa. Entonces rompió a llorar.

Al día siguiente, bien temprano, cogió su coche y tomó la carretera de la costa. Ya anochecía cuando regresó a casa, caminando a duras penas, agotado, con la ropa hecha jirones, aterido de frío, magullado, buscando casi a tientas la cama deshecha y sucia. En sólo unas horas, se había suicidado unas diez veces, o al menos eso había intentado.

Eligió un profundo precipicio, contra sus pies de roca restallaban poderosas olas, era el lugar perfecto. Se arrojó sin pensarlo, ansioso por romperse en mil pedazos contra el batir del agua y las afiladas peñas, imaginando sus restos, los despojos del monstruo que ya no volvería a ser.
Despertó con un doloroso golpe de tos y vomitando una espuma sucia y salada. Todavía aturdido por el tremendo impacto contra el agua, se palpó la cara y el pecho sin poder creerlo. Una ola había cubierto en el último instante las rocas contra las que iba a estrellarse, y le había devuelto a la orilla. Rugiendo por la ira y el esfuerzo, trepó por el acantilado y se encaramó de nuevo al borde. Nada más poner un pie en él, volvió a lanzarse al abismo, en esta ocasión sólo se partió un labio. Las siguientes intentonas terminaron por consumir su ánimo. De sus denodados esfuerzos por quitarse la vida, tan sólo consiguió una infinita variedad de pequeñas heridas, un dedo roto, y un insufrible dolor de espalda.

Después de eso, por culpa o gracias a su desesperación, comprendió que por más que lo intentase todo sería inútil.

Volvió a su casa. Volvieron los muertos.

Cada noche le acompañó uno de ellos, sólo uno y distinto cada noche. Todos le hablaron, con detalle y con pena, pero sin reproche, de la vida que perdieron a sus manos. El último de todos fue la mujer oscura del club de carretera, esa no tenía una vida que contar... pero a cambio, le reveló un secreto.

“La idea que los vivos tenéis de la muerte, es una idea equivocada. Esa parca no existe, no como una sola, sino que cada cuál tiene la suya. Un ángel negro para cada hombre y un hombre para cada ángel negro. Siempre ha sido así”

Ella esperaba por Plutón apoyada en la barra, muy cerca de la entrada, dispuesta a dar fin a su existencia, pero Plutón ya no era Plutón, sino Don Muerte. Por eso la sorpresa de su cara, por eso no pudo llevárselo, ni explicarle... y por eso la mató. Ahora, con su propia muerte muerta, sólo le quedaba aceptar el terrible castigo por su crimen.
Vivir para siempre.




sábado, 24 de abril de 2010

AVIONCITO DE PAPEL SOBRE NUEVA YORK

Mil veces que lo vea... y siempre fascinante


http://www.youtube.com/user/ROCKETBOOM

EN SILENCIO

Nunca. Era la última vez y no había más que hablar. Lo ocurrido era la prueba definitiva de lo mucho que perdía en aquella extraña relación con seres que, en realidad, siempre le resultaron ajenos en todos los sentidos.

Aquella noche se prometió a sí mismo zanjar de una vez por todas sus diferencias, acabar por fin con la insana costumbre de discutir por discutir. Ellos ya eran todos. Sus padres, sus hermanos, sus profesores, incluso sus propios amigos, ninguno entendía su postura. Todos habían conseguido llegar a convertirse en seres tan presuntuosos como irresponsables, personajes grotescos y obtusos que jamás comprenderían sus razones.

Había sufrido mucho hasta llegar a la conclusión de que le resultaba imposible mantener por más tiempo cualquier conexión con los que le rodeaban. El sentido común parecía haber huido espantado del planeta, seguramente en busca de otros más racionales. En este ya no quedaba espacio más que para el egoísmo y la hipocresía, lo absurdo y lo insulso. ¿Por qué habría él de plegarse a tales cosas? ¿Obligarse a mirar sin ver? ¿Por qué insistían todos en ser tan familiarmente extraños? Desechó la idea un segundo después. El extraño era él. Extraño entre muchos seres diferentes e iguales en lo insoportable.

No pensaba regresar al comedor, permanecería en su habitación hasta que todos se hubieran marchado, les concedía ese último favor, así podrían criticarle sin ser molestados.

Cogió una silla y se acercó a la chimenea. Sentarse a contemplar el fuego siempre le relajaba, y ahora lo necesitaba más que nunca. Quiso avivarlo, buscó a su alrededor, y encontró un par de elegantes atizadores. Tomó uno y hurgó entre los rescoldos hasta que la llama mortecina cobró un nuevo vigor.
Tras la puerta cerrada escuchó un rumor de voces, eran también rescoldos, restos aún humeantes de la hoguera en que se había convertido la gran cena familiar. Entonces alguien giró el pomo y comenzó a empujar la puerta, muy despacio y sin llegar a abrirla del todo. Tras ella surgió el rostro de su padre. Antes de entrar en la habitación miró al suelo, se llenó de aire, y lo soltó con lo que parecía un profundo cansancio, tal vez simple arrepentimiento.

Tomó otra silla y se sentó cerca de él. No hablaron. El resquemor era todavía demasiado intenso, pudiera serlo ya para siempre. De reojo, descubrió que su padre también se había hecho con un atizador, uno exactamente igual al suyo, y que como él hiciera antes, lo usaba para hurgar entre las llamas, pero de una manera distinta, intentando más bien, sacar del centro de las llamas un grueso tizón incandescente. Al poco de estar apartado del fuego, su brillo perdió fuerza, el color de su calor cambió, casi de inmediato, del deslumbrante anaranjado a un azul mortecino que se apagaba a ojos vista.

Tampoco entonces hubo palabras, los dos continuaron encerrados en sus silencios, contemplando fijamente el humeante y negro carbón en que se trasformaba lo que fué brillante ascua. Entonces su padre alargó de nuevo el brazo, y con la punta del hierro la devolvió otra vez al fuego para que recobrara su rojo vivo. Después giró la cabeza y le miró como se mira a quien se cuenta un gran secreto. Dejó el atizador junto a la chimenea y se levantó para salir de la habitación. Esta vez no cerró la puerta tras de sí.






SCOTT DUNBAR ONE MAN BAND "BILLIE JEAN'

Este tio es mi ídolo


http://www.youtube.com/watch?v=JghgJToVP00

EL DONANTE

-Como supongo que ya sabrá, estoy muy ocupado en asuntos de gran importancia. Tengo a los de la consejería en mi despacho y no creo que les guste esperar, así que usted me dirá García ¿Se puede saber que es eso tan misterioso como para no hablar de ello por teléfono, y tan urgente que no puede esperar?
-Discúlpeme señor director, siento profundamente interrumpirle en sus importantes quehaceres al frente de este hospital, pero es que nos enfrentamos a un incómodo suceso producto sin duda de una serie de infortunadas casualidades...
-García... déjese de pamplinas y vaya al grano. No tengo un minuto que perder, los de la consejería me esperan.
-Sí, señor director, le pido perdón de nuevo. Intentaba ponerle en antecedentes en lo relacionado con...
El director se le acercó aún más para lanzarle una mirada furiosa por encima de sus gafas y García comenzó a hablar atropelladamente mientras se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo.
-El quirófano número tres señor director... me llaman cada cinco minutos... me dicen que es cuestión de vida o muerte... que ellos se lavan las manos si el paciente fallece en la mesa de operaciones por falta de sangre.
-¡Pero bueno García! ¿Y se puede saber a qué espera? Deles la dichosa sangre y todo resuelto.
-No la tenemos.
-Pues búsquela.
-Ya lo he intentado... le aseguro que lo he intentado pero...
-¡Pues no lo intente más y hágalo de una vez!
-Me temo que no es posible, señor...
La cara del director enrojeció entonces de pura indignación, un creciente temblor en su labio inferior anunciaba la llegada de una fuerte reprimenda, y García, viéndose perdido, se adelantó a las palabras de su jefe.
-Ha habido un lamentable error en la clasificación de nuestra partida de emergencia. El etiquetado del tipo cero negativo es incorrecto... todavía no me explico como ha podido ocurrir. Hemos pedido ayuda a otros hospitales, al banco estatal incluso, pero todo eso necesitará de un tiempo que no tenemos. Una serie de desgraciadas casualidades... eso es lo que ha ocurrido. Si ese caso urgente del quirófano número tres pudiera esperar un par de horas, todo se solucionaría. Con un solo donante podríamos salir del paso, al menos hasta que llegara la ayuda, pero lamentablemente todo es cuestión de minutos...
A medida que escuchaba, el rostro del director había cambiado su tono por otro más pálido, y un brillo húmedo comenzaba a cubrirle la frente.
-Entonces salgan a la calle, busquen por todo el hospital a alguien que tenga el grupo sanguíneo que necesitan... ¿Cómo no van a encontrar siquiera uno? ¡Haga algo, por dios! No se me quede mirando como un pasmarote.
-Ya hemos buscado señor director, en eso al menos hemos tenido suerte. Han encontrado a dos posibles donantes.
El director no dijo nada, se limitó a esperar ansioso ese nuevo problema que veía en la frente de García.
-Uno de ellos está descartado por padecer hepatitis. El otro...
-¡El otro qué García! ¡Qué cojones le pasa al otro!
-No le pasa nada señor. Es que no quiere.
-¿Cómo que no quiere? ¡Explíquese García! ¡Explíquese o le juro que le pongo de patitas...!
-Es un hombre de unos cincuenta años al que hemos dado de alta esta misma mañana. Un donante de tipo cero negativo, sano... es un indigente que no parece estar muy bien de la cabeza y que se niega obstinadamente a la extracción.
-Oblíguele entonces...
-Me temo que eso tendría consecuencias tan catastróficas como las que intentamos evitar. Lo he consultado con el departamento jurídico del hospital y me han asegurado que podríamos vernos metidos en un buen lío. Una denuncia de ese tipo produciría efectos devastadores en la imagen, no ya de este centro, sino en la de todo el sistema sanitario de país.
-¿Y a ese... mendigo, le han explicado detalladamente la situación?¿Sabe que si no dona su sangre alguien va a morir?
-Yo mismo lo hice señor director. Es plenamente consciente de todo, pero aún así se niega en redondo.
-Lléveme ante ese indeseable García, verá como yo arreglo esto en cinco minutos.
Cuando llegaron a la sala de extracciones, varios médicos salieron al paso del director con la intención de ponerle al corriente. Este no dijo palabra, con el simple gesto de una mano les hizo callar y se abrió paso hasta la camilla rodeada de enfermeros. Sobre ella se encontraba tumbado un hombrecillo terriblemente asustado que no dejaba de negar con la cabeza.
-¡Así que es usted el miserable del que todos hablan! –exclamó el director con los brazos en jarras –Vamos a ver... ¿me puede alguien decir el nombre de este sujeto?
-No tiene nombre –susurró una enfermera.
-¿Cómo que no tiene nombre? Alguien le habrá tomado los datos al ingresar.
-Es que nos lo trajeron los de servicios sociales, no llevaba ningún tipo de documentación, lo encontraron tumbado en medio de la calle y medio muerto de frío, deshidratado, con fiebre alta... ya sabemos que no es lo que ordena el reglamento, pero no tuvimos más remedio que ingresarlo.
-Mi nombre es Serafín –dijo el hombrecillo.
El director avanzó hasta él con aire amenazante.
-¿Sabe usted lo que significa “denegación de auxilio” señor mío?
El hombrecillo apenas se atrevió a levantar la mirada.
-Pues entonces tendré que explicárselo. Un delito muy grave, cárcel, años y años de cárcel, eso es lo que significa. Por no hablar de los remordimientos... Sí, Serafín sí. Eso que la gente como usted cree no tener, un sentimiento que le reconcomerá el alma hasta el final de sus días porque una persona murió cuando usted no quiso donarle su sangre.
El director se acercó aún más hasta el hombrecillo, y comenzó a hablarle al oído.
-Luego está el asunto del manicomio... Porque me imagino que usted sabrá que con una simple hoja de papel firmada por mí, puedo hacer que lo encierren en un lugar mil veces peor que la cárcel. Sin duda, un juez terminará por hacerse cargo del asunto, pero ya sabe como son estas cosas... en el mejor de los casos pasaría años confinado en una de esas celdas atestadas de psicópatas, siempre en compañía de maniacos ansiosos por hacerle sufrir... y todo eso estando usted cuerdo Serafín. ¿Imagina el infierno que supone estar rodeado de locos cuando uno no lo está? Es lo peor, créame. Al cabo de una semana pedirá de rodillas que le saquen de allí, durante días enteros gritará desesperado que no está loco, y entonces le meterán en un agujero aún más profundo del que ya no saldrá jamás.
Serafín seguía inmóvil, con la mirada perdida entre sus propias manos, pero en su mente, las palabras del director habían conseguido dibujar las escenas más terribles y dantescas que pudiera imaginar. Estaba seguro de que las amenazas de aquel hombre no eran vanas. Ya empezaba a sentir en lo más profundo del pecho una sensación de ahogo que crecía y crecía en torno a su corazón. Si eso era sólo el comienzo de los remordimientos, no quería ni pensar en todo lo que estaba por llegar.
Serafín se sabía débil. Siempre fue consciente de su falta de redaños, y si alguna vez le cupo alguna duda sobre ello, la vida se había encargado de demostrárselo. Nunca se vio con las fuerzas suficientes como para enfrentarse a nada, cuanto menos a la cadena de pérdidas y desgracias que jalonaban su desgraciada existencia. Ni siquiera llegó a preguntarse si podría soportar aquella nueva y pesada losa. La vida de una persona contra su miedo. Una balanza, que ya sin remedio, empezaba a inclinarse.
-Lo haré.
-¿Cómo ha dicho? –preguntó el director con evidente orgullo.
-He dicho que haré lo que me piden. Pero por favor, que sea rápido...
-¡Ya lo han oído señores! ¡Asunto resuelto! Y ahora, todos a trabajar, este hospital nos necesita y no podemos hacerle esperar.
Solamente quedó una joven enfermera junto a la camilla de Serafín, el resto se alejó con paso vivo y en todas direcciones. Con la destreza que da la costumbre, comenzó a romper los envoltorios asépticos de las agujas, a colocar la percha donde colgar la bolsa de plástico trasparente... y se detuvo cuando creyó haber escuchado un leve susurro de los labios del hombrecillo.
-Disculpe señorita... ¿puedo pedirla algo?
La enfermera se limitó a asentir con la cabeza.
-Cuando me saquen la sangre... es decir, mientras lo estén haciendo... ¿podría darme la mano?
La única respuesta de la joven fue una extraña sonrisa.
-Perdone otra vez señorita... ¿puedo pedirla una última cosa? Verá... ya sé que es una tontería, pero me gustaría que me avisaran... que me dijeran algo cariñoso cuando me empiece a morir.

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SINESTESIA

Chechu siempre lo confundía todo. Si la maestra le preguntaba cuantas eran seis por tres, él siempre ponía esa cara tan suya, la de quien busca la respuesta en el aire. Un buen rato después, cuando por fin parecía haberla encontrado, decía cosas absurdas, como por ejemplo: “amarillo rosado” Lo que ocurría entonces era que todos los demás rompían a reír, todos menos la maestra claro está. Ella no. Ella juntaba las cejas como lo hacía cuando no encontraba la solución de un problema complicado.

Al terminar la clase las burlas continuaban, al salir del colegio se hacían incluso más crueles, más dolorosas, pero nunca habían llegado a tanto.

La primera bofetada resonó a lo largo del estrecho callejón hasta el que le habían arrastrado. De la segunda sólo tuvo noticia a través del escozor de su mejilla. Un lacerante pitido en los oídos, producto de la primera, le alejó de todo, incluso de los insultos y las amenazas de Amador y Ángel.
-¿Es que no vas a decir nada tarado de los cojones? ¿Pero qué coño miras? ¿Qué te pasa imbécil, quieres otra? A ver si te enteras de una puta vez de que en este barrio no nos gustan los bichos raros ni los retrasados –le dijo Amador desde muy cerca y mirando a Ángel de reojo.
-¿Es que no vas a hacer nada pedazo de cobarde? –añadió Ángel a su espalda- Te advierto que se nos está acabando la paciencia. Así que deja de poner esa cara de maricón y prepárate para pelear como un hombre. Eso... o te reventamos a hostias. Tú eliges.

Chechu nunca les miró a la cara, nunca escuchó las palabras de aquellos chicos, y no era por desprecio, era que simplemente las buscaba en el aire, en el mismo aire en donde tarde o temprano, aparecían las repuestas a las preguntas de la maestra. Cada una de ellas venía envuelta en una tenue nube, a veces blanca y a veces de colores, que flotaba en el aire durante un momento y desaparecía con la llegada de la siguiente. Aquellas nubes le recordaban a los bocadillos de los personajes de un tebeo, bocadillos que además de palabras, contenían sabores, e incluso olores.

La voz de su madre sabía a bizcocho recién hecho, la de su padre olía a caja de lápices sin estrenar, la de su hermana pequeña a leche con azucar, y la de la maestra a leña encendida. Las de Amador y Ángel eran casi siempre de un azul muy oscuro y sabían muy amargas, tanto, que al saborearlas no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas.

Un fuerte golpe en la nuca le hizo caer al suelo.

-Esa ha sido por mierda y por blandengue... ¡Y encima se nos pone a lloriquear el muy cagón! Levanta de ahí mierdero. ¿Crees que así te librarás de lo que te mereces? ¡He dicho que te levantes, cabrón! Muy bien chalado de los cojones, tú lo has querido...

Apenas sintió los muchos que le siguieron. Aquella interminable serie de patadas y puñetazos apenas dolieron, Chechu sabía como mandar el dolor a un rincón remoto y oscuro, allí donde arrojaba los insultos diarios de los otros chicos, las vejaciones, las risas crueles y contenidas de los vecinos. Extrañamente, lo único que no pudo alejar de sí fue aquel fuerte escozor en la herida abierta de su sien. Amador y Ángel estaban de pie a su lado, exhaustos, abiertos de piernas, y entre carcajadas, orinaban sobre él.


... ... ...



-¿Es que mi hijo está loco Doctor? ¿Es eso lo que quiere decirme? ¿Es una especie de retrasado? ¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho mal? ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué a mí? ¿Por qué, Dios mío, por qué?

-Tranquilícese señora, se lo pido por favor. Tranquilícese y deje de llorar. No es eso lo que le estoy diciendo... cálmese... Chechu no es un retrasado, y por supuesto, tampoco está loco. Lo que le ocurre a su hijo es algo poco habitual, pero eso no ha de ser necesariamente malo. La sinestesia es un síndrome, un conjunto de síntomas muy particulares y no una enfermedad, como usted se empeña en creer.

El médico se restregó la frente con ambas manos durante unos segundos, abandonó su enorme sillón, sacó un rotulador del bolsillo de su bata, y señalando a la mujer con él, se acercó a una pequeña pizarra blanca en la que comenzó a garabatear.

-Imagine que las distintas partes de nuestro cerebro fueran países, países separados por fronteras, países distintos con sus distintas características y costumbres. Hablo del país de los sabores, del país de los números, el de los sonidos, el de los colores... Imagínese ahora a los habitantes de esos países, todos ocupados en sus trabajos, en sus negocios, en sus casas, o viajando de un país a otro. Esos que viajan llevan y traen cosas, cosas que son típicas de sus países y extrañas a los demás. Pues bien, digamos que lo habitual es que sólo unos pocos viajen y que la mayoría no salga de su país, eso es lo que ocurre en la mayoría de los casos, en la mayoría de nuestros cerebros. Sin embargo en el de su hijo parecen no existir las fronteras, es más, sus habitantes están empeñados en viajar de aquí para allá sin descanso, sintiéndose en todas partes como si estuvieran en casa ¿Me sigue? –preguntó, mientras buscaba cualquier rastro de comprensión tras el pañuelo empapado en lágrimas.

-Para Chechu los conceptos matemáticos, los sentimientos, o los sabores son una misma cosa... Lo que no llego a imaginar es lo muy extraña y burda que le resultará a él nuestra forma de percibir y de pensar.

El médico calló entonces. Parecía buscar algo más que palabras, dejar por un momento de ser médico para hacer comprender a aquella mujer.

-Asuma de una vez el hecho de que su hijo posee algo que le hace especial, distinto de todos nosotros, diría que mejor, y por lo tanto precioso e insustituible. Ha de quererlo mucho señora, tenemos... debemos cuidar de un ser humano tan excepcional, comprenderle, impedir que llegue a sentirse rechazado, ayudarle a que crezca feliz y desarrolle sin traumas las infinitas capacidades que se esconden tras su don. Protejámosle del dolor, de la incomprensión, del odio, de todo lo malo del mundo, eso es lo más importante.


... ... ...



Chechu parpadeó con un solo ojo, el otro se resistía a abrirse del todo por la hinchazón de su mejilla. Estaba tumbado en el suelo, boca abajo, sobre un charco de algo tibio y maloliente. Se entretuvo unos instantes en explorar con la lengua el hueco sangrante de un diente perdido. A continuación alzó levemente la cara, y toda su atención se centró en el pequeño montón escombros que había justo a su lado. De su cima sobresalía una forma recta y alargada. Parpadeó unas cuantas veces más, hasta que su vista terminó por aclararse. Era un sucio y oxidado tubo de plomo que aún conservaba en su extremo el resto de un grifo. Extendió el brazo para agarrarlo por un extremo. Al sopesarlo, calculó si sería lo suficientemente largo, lo suficientemente recio, y una vez estuvo seguro, comenzó con la dolorosa tarea de levantarse.

Cada músculo de su cuerpo protestó por aquél primer intento, el segundo resultó mucho más fácil. Se apoyó en la tubería, pero además contó con la inestimable ayuda de un sonido que ya nunca olvidaría, la risa de dos chicos algo mayores que él. Estaban apoyados contra un contenedor de basura, al final del callejón, vueltos de espaldas, repitiéndose el uno al otro los detalles de su “lección al imbécil”

Ya caminaba casi sin cojear. No tenía muy claro lo que haría al llegar a ellos. Podía intentar negociar, amenazarles, suplicarles tal vez... Mientras avanzaba, continuaba con su exploración en busca del diente perdido, y cuando lo encontró, lo escupió con fuerza sobre un sucio tapacubos tirado junto a la pared. El diente bailó furioso sobre el metal y le recordó a esas bolitas blancas que se usan en las ruletas de los casinos. Antes de que se detuviera, Chechu apostó los cinco próximos minutos a rojo o negro.

-Rojo gana –dijo en voz baja.

Sonrió entonces, lo hizo a pesar del labio partido, a pesar de no estar contento.

Los demás pasos los dio con toda cautela. Acalló una lacerante punzada en su espalda y se encorvó al afianzar el tubo entre sus manos. Estaba por fin junto al contenedor, al otro lado los dos chicos continuaban con el atropellado relato de su última hazaña, despreocupados, dando por imposible lo que estaba a punto de suceder.

Chechu no dudó, ni siquiera pensó en lo que hacía. Golpeó con todas sus fuerzas en la pierna de Ángel y esta cedió con un extraño sonido a madera astillada. Amador le miró fijamente a los ojos, sin una sola palabra de por medio le dijo muchas cosas, le dijo que aquello no podía ser, que no le hiciera daño, que se arrepentía de ser como era, y le hubiera dicho muchas más de no ser porque el grifo en que terminaba el tubo le destrozó la boca de un solo golpe.

Les contempló durante largo rato allí tirados. Ángel se agarraba la pierna mientras lloraba y llamaba a su madre con una voz muy pequeña. Algo más lejos, Amador intentaba mantener dentro de su boca los pocos restos que quedaban de su dentadura con una mano, con la otra imploraba perdón mientras se acurrucaba en el rincón más infecto del callejón.

Chechu cerró su ojo con fuerza, y tras unos segundos, lo abrió de par en par. Tan sencillo gesto le sirvió para empezar a ser él de nuevo. Arrojó la tubería al suelo y terminó por conseguirlo. Los golpes ya casi ni le dolían. El recuerdo de todo lo ocurrido en aquél callejón quedó de pronto convertido en poco más que un mal sueño, una pesadilla que de puro desvaída, se evaporó en el aire sin dejar rastro.

Antes de doblar la esquina, ya tarareaba una canción que escuchó el día anterior en la radio de la cocina. Era una melodía muy hermosa, su estribillo le hacía sentir un suave y agradable cosquilleo en la punta de los dedos, en todos, menos en el meñique de su mano derecha. Comprobó que tenía una pequeña herida justo en el borde de la uña. Se llevó el dedo a la boca, y el sabor de la sangre hizo desaparecer el cosquilleo. De repente, y sin saber como, se sabía al dedillo toda la tabla de multiplicar.



viernes, 23 de abril de 2010

QUERÍA VOLAR

Había decidido decir adiós. No podía soportar por más tiempo su diaria tortura, eso que todos llamaban trabajo. Una dolorosa y humillante forma de hacerle ser como no era, de encadenarle a una silla a cambio de un sueldo que apenas le libraba del hambre.
Tampoco podía respirar por más tiempo la insoportable atmósfera de la oficina.

Permanentemente rodeado de lenguas venenosas, de miradas que se hacían acero para clavarse en su espalda. Sentía como algunos le robaban sin pudor hasta el último gramo de su energía vital, como otros intentaban constantemente manipular su conciencia, convertirle en uno más, en una especie de esclavo dócil y sin orgullo. De no conseguirlo, se conformarían con hacerle enloquecer. Ahora estaba seguro, ese fue siempre su plan.

Por eso estaba allí, con las puntas de los zapatos asomadas al borde mismo de la azotea del edificio. En ese preciso momento, el encargado de su sección estaría buscándole por los pasillos. Le imaginó entrando en cada despacho y lanzando furiosas llamaradas en todas direcciones, preguntando con su voz de trueno donde se encontraba su secretario más rebelde, ese al que, de una vez por todas, habría de enseñar el significado de la palabra “disciplina”.

Quería volar. Escapar para siempre, viajar hasta un lugar muy lejano de donde no pudieran obligarle a regresar. Una racha de aire tibio le susurró al oído que había llegado la hora, no le quedaba demasiado tiempo, a su espalda comenzaban a escucharse las pisadas apresuradas de los se creían sus amos. Cerró los ojos con fuerza, y sirviéndose de un leve impulso, se entregó al vacío.

Una leve sensación de vértigo le invadió entonces, la achacó a su mermado estado físico. Tantas y tantas horas seguidas en un cuarto cerrado bajo una luz mortecina, sin casi tiempo para malcomer algo frío y enlatado, cada día encadenado con el siguiente, durante años... nada de eso importaba ya. Era libre.
¿Quién podía ahora obligarle a hacer algo que no quisiera? ¿Qué significaban tantas humillaciones y sufrimientos en este momento?

Su cuerpo caía y caía, lo adaptó incluso para ofrecer menor resistencia al aire y ganar aún más velocidad. Su mente sin embargo había establecido su propio tiempo, uno algo más lento, y mucho más real. Gracias a ello pudo centrar su atención en los ventanales que iba dejando tras de sí, captar incluso los rostros que desde detrás de los cristales le contemplaban asombrados. Logró llegar a distinguir a los que caminaban por la calle, y entre ellos, la hermosa cara de una muchacha que ya alargaba los brazos en el aire intentando lo imposible, salvarle de su destino.

Le separaban muy pocos metros del suelo, aún así, dejó la mente en blanco durante aquellos preciosos segundos, permitió a sus instintos más primarios tomar el control, y abrió las alas.
Tomó entonces posesión de su reino, remontando el vuelo y ascendiendo majestuoso sobre grises vidas y edificios. Sobrevoló las calles hasta llegar a los límites de la ciudad, y una vez allí, sonrió burlón al dejar atrás un gran cartel que decía:

Bienvenidos a Villamutante.


jueves, 22 de abril de 2010

CRIMEN PERFECTO


Don Onofre ya no recordaba cuántos años llevaba buscando su plan infalible, eso conocido como “el crimen perfecto”. Se había convertido en un viejo mientras lo hacía.Cincuenta años de matrimonio junto a la persona que más odiaba, era algo que ni siquiera un caballero de su temple, podía soportar. Haría incluso más de treinta que se comió la mala conciencia producida por sus anhelos homicidas. No le ayudó precisamente, el que ella le amase tanto. Otra razón para vengarse.Envenenarla, defenestrarla, estrangularla, ahogarla, electrocutarla, decapitarla, quemarla, ahorcarla, apuñalarla, dispararla.

Todo eso y más, había pasado en algún momento por su mente. Pergeñó minuciosas coartadas, estudió los más modernos tratados forenses, ideó las más elaboradas técnicas para terminar con la vida de Doña Margarita, de todo ello hizo la razón de su existencia.

Lamentablemente siempre quedaban pequeños flecos, apenas imperceptibles rastros, pero rastros que al fin y al cabo, podrían llegar a señalarle.Incluso en una ocasión, sólo una, deseó haber nacido plebeyo y no formar parte de una noble estirpe cuajada de héroes y conquistadores. De ese modo sus manos no estarían atadas y podría dar rienda suelta a sus impulsos sin cortapisas, sin temor a mancillar su imagen pública con algo tan vulgar como un asesinato. La cárcel, la ignominia del deshonor, el escándalo... no existía mal mayor para Don Onofre.Por eso era tan importante el no cometer ningún error al acabar con la vida de su odiada esposa, ni siquiera ella debía sospechar de su marido. Por eso la prodigaba el trato más cariñoso, aunque sus entrañas se retorcieran de furia. Por eso simulaba ante todos que seguía tan enamorado como el primer día, aún a sabiendas de que su tiempo se acababa.

Llegó a la conclusión de que necesitaba recomponer filas, diseñar una nueva estrategia, y se puso a ello con otro empeño, uno mucho más sereno... más creativo. Una buena noche, tras muchas en vela, dio con la solución.

A la mañana siguiente, engalanado con su mejor traje, y armado con su bastón más elegante, salió de casa para dirigirse a la gran estación. Compró un billete de primera clase para el primer tren que saliera, no le importaba el destino, tan solo el no despertar sospechas. Mirando a un lado y a otro con aire despreocupado, caminó por el concurrido andén hasta llegar al principio de este y se situó junto a una ruidosa familia de campesinos. Iban cargados de bultos y niños. Los más pequeños correteaban nerviosos entre las piernas de sus padres, en ocasiones se aventuraban un poco más allá, y entre gritos, se dedicaban a saltar o esconderse entre los fardos y maletas.

Don Onofre avanzó con disimulo hasta el niño más próximo a las vías. Escuchó el lejano silbato del tren y respiró hondo. Sin levantar la vista del suelo, intuyó la distancia, la velocidad, el instante en que todas las miradas estarían pendientes de la ruidosa locomotora entrando en la estación. Fue tan exacto en cada una de sus predicciones, que nadie le vio empujar al niño.

El estridente silbato se confundió con el grito de la madre, su hijo estaba tumbado y semiinconsciente en medio de la vía, el tren no podría frenar a tiempo, la muerte llegaba envuelta en humo negro.En ese preciso momento, Don Onofre soltó su bastón y se abrió paso entre un par de indecisos testigos. Con una agilidad impropia de su edad, saltó desde el borde del andén para caer junto al niño, tomarle entre sus brazos, y lanzarlo hacia los brazos del padre.No hubo tiempo para más, sus cálculos eran siempre correctos. Y este, el que más.

La locomotora aplastó al caballero, al elegante traje y a la larga estirpe de conquistadores. Lo redujo todo a una masa sanguinolenta imposible de reconocer. El entierro de Don Onofre fue recordado durante largo tiempo, a él asistió la flor y nata de la ciudad, una legión de subsecretarios, varios embajadores y hasta algún que otro ministro. Mucho antes, apenas dos semanas después que su marido, la amantísima viuda Doña Margarita, moría de pena.


LA CLASE

Ángel siempre ocupaba el mejor sitio de toda la clase, un reluciente y amplio pupitre junto a la ventana. Desde allí, y sin dejar de atender a las explicaciones de la maestra, podía contemplar las montañas, respirar el suave aroma primaveral que la brisa arrastraba a su paso entre los bosques.
Nunca reclamó tal privilegio para sí mismo, cada primer día de curso, y por riguroso sorteo, se asignaba el puesto de cada niño. Su suerte era sólo un ejemplo más de cómo la fortuna recompensaba al alumno más aplicado, al ejemplo a seguir por todos en aquella escuela.
Padres y profesores hablaban y no paraban de sus muchas cualidades, de su inteligencia, de su entrega en los estudios, así como de su generosidad sin límites. Ángel era un ser que irradiaba sólo cosas buenas, y en todas direcciones. Como era de esperar, su polo opuesto nunca estuvo muy lejos.
Lucio parecía haber nacido para hacer el mal. Cada sorteo le deparaba un lugar al final de la clase, una destartalada mesa y un viejo banquillo, en el rincón más sombrío y frío, bajo una permanente y goteante humedad que nunca se terminaba de reparar.
Permanentemente ocupado en ajustar cuentas con el resto de la humanidad, no desaprovechaba la menor oportunidad de hacer daño a los demás. Odiaba por odiar, mentía para herir, envidiaba sin razón, maldecía por placer, robaba sin necesidad, y jamás abrió su corazón.
Los dos eran muy buenos en lo suyo... luego estaba eso otro.
Algo a lo que sólo algunos de sus compañeros daban crédito, cosas que para el resto eran poco más que habladurías de chiquillos. Pero la verdad era que en cierta ocasión, Ángel se había plantado en medio del patio, y simplemente agitando las manos, había espantado unas nubes negras de tormenta que amenazaban con estropearles el recreo. Todos lo vieron. No tantos eran los afortunados que habían probado alguna vez su “goma de borrar al revés”, un pedazo de borrador gastado que al frotar un papel hacía aparecer todas las palabras que un día se borraron sin querer.
Lo de Lucio era bien distinto. Nadie nunca le vio sonreír. Lo hacía en muy contadas ocasiones y siempre a escondidas, no fuera que alguien pudiera confundir aquella extraña mueca con un rastro de felicidad y llegara a contagiarse. Su sempiterno gesto agrio no abandonaba su rostro ojeroso ni cuando, con la punta de un clavo, escribía obscenidades sobre los capós de los coches, ni cuando robaba el cepillo de la iglesia, ni siquiera al echar cristales en el arenero de los párvulos, sólo al atar perros y gatos entre las vías del tren.
Cierto año, a la vuelta de las vacaciones, ambos se llevaron una sorpresa. El viejo colegio había sido reformado durante el verano y ya nada era igual, las paredes, las ventanas y los pupitres eran otros y estaban distribuidos de diferente manera.
El rincón oscuro y húmedo de Lucio quedaba ahora permanentemente iluminado por un enorme mirador. La ventana de Ángel había sido tapiada, junto a ella se apilaban restos de material y polvorientos escombros. Aquél mismo día, en el rostro de Lucio se dibujó la primera sonrisa lejos de las vías del tren, en el de Ángel, una siniestra mueca de rencor.

martes, 20 de abril de 2010

RECICLAJE




Doña Angustias arrastraba algo muy pesado escaleras abajo. Varias mirillas se abrieron a su paso para mostrar su ojo curioso, voces familiares susurraron tras las puertas, pero ninguna se abrió.

Al llegar al portal se tomó un breve respiro, sus años ya no la permitían tamaños esfuerzos, y aún así ella estaba satisfecha, convencida de que aquél sí merecería la pena.

Comenzó entonces una larga caminata calle arriba, jadeante, tirando de una gran bolsa de plástico negro que a cada poco, amenazaba con soltarse de sus manos y regresar rodando a casa.

-¿Qué llevas ahí Angustias? ¿Estás de mudanza? ¿No me digas que ahora te ha dado por revolver entre la basura? –preguntó Don Próspero, el perista del barrio.

-Son cosas para tirar, nada que te convenga –respondió la mujer.

-Ya... basura... ¿Y si me dejas echar un vistazo? A lo mejor hay algo que valga para que hagamos negocio.

-No, Don Próspero. De verdad que no hay nada que valga la pena, sería yo tonta... –dijo Angustias protegiendo el fardo con su pequeño cuerpo.

-Está bien, está bien... no insisto. Tú sabrás... pero recuerda que si encuentras algo de valor, yo te lo compro a buen precio, lo compro todo -añadió mientras se alejaba su oronda figura.

Un poco más adelante tuvo que detenerse de nuevo. Era Don Urbano, un hombre de aspecto pulcro y aseado. Angustias habría jurado que esa mañana llevaba puesto su gesto más severo. Estaba plantado en medio de la estrecha acera, completamente erguido, en silencio, y con los brazos en jarras.

-Perdone usted Don Urbano. ¿Podría dejarme pasar? Es que como verá voy muy cargada... casi no puedo con esta dichosa bolsa.

-Ya veo, ya veo... –Dijo Don Urbano manoseando su elegante monóculo.

-Son sólo cosas de tirar ¿sabe usted? Voy al contenedor que hay allí arriba, al principio de la calle. Es que no quiero dejarlo ahí en el portal, cualquiera podría abrir la bolsa... y yo no quiero que nadie la abra.

-Claro, claro. ¡Ya entiendo! ¡Lo que usted pretende es deshacerse de eso porque es una sustancia peligrosa! –exclamó alarmado Don Urbano.

-Pues ya que lo dice... sí... algo parecido.

-¡Es usted una irresponsable señora mía! ¡Un verdadero peligro público! ¿No sabe usted el riesgo que corre? ¿El que corremos todos gracias a su falta de juicio? Una sustancia peligrosa no se transporta arrastrándola por la calle, ha de trasladarse con las debidas medidas de seguridad ¡El protocolo Angustias! ¡El protocolo! ¿Qué sería de todos nosotros sin el protocolo?

La anciana se encogió sobre sí misma. Don Urbano estaba furioso, crecía y crecía a medida que sacudía sus manos el aire mientras clamaba mirando al cielo. Aprovechando tal circunstancia y con gran esfuerzo, Angustias bajó de la acera, y sin añadir palabra, rodeó al coloso para poder retomar su camino.

Las fuerzas menguaban con cada paso, sus débiles manos temblaban doloridas, la fatiga había enterrado un dolor agudo en el centro de su pecho. Aún así continuó calle arriba. En busca de los contenedores de colores que asomaban entre unos coches aparcados.

Al llegar a su altura, se admiró de lo grandes que eran. "¿Cuántas cosas cabrían allí dentro?" Se preguntó. Estuvo mirándolos detenidamente durante unos minutos y se dio cuenta de que cada uno estaba destinado a un uso distinto. Para tirar cartón, para vidrio, para restos orgánicos, incluso para pilas eléctricas, pero no encontró el que ella buscaba. Dejó la pesada bolsa en la acera y dio un par de vueltas alrededor de los contenedores. Tal vez se le hubiera pasado por alto alguno. Entrecerró los ojos, tenía que encontrar algún letrero que indicara concretamente lo que se podía tirar allí, sabía de sobras que lo de su bolsa no era basura corriente, hasta que pasado un tiempo, cuando casi se había dado por vencida...

-¡Vamos a ver! ¡Vamos a ver! ¿Es que no sabe usted que está prohibido depositar desperdicios en la vía pública? La llevo observando un rato y creo que está usted intentando abandonar esa bolsa en medio de la calle ¿A que sí? Pues sepa, mi querida señora, que en cumplimiento de la actual ordenanza, me voy a ver obligado a multarla por su falta de civismo. ¡Que no se puede ir por ahí haciendo lo que a uno le viene en gana! Y no me mire con esa cara de pena... que este que usted ve ya las ha visto todas.

Doña Angustias era incapaz de articular palabra, apenas llegó a distinguir la chapa plateada que aquél hombre lucía orgulloso en su pechera. “Inspector de basuras”

-Así mejor. Calladita y sin protestar mientras cumplimento la denuncia. Veamos, veamos... ¿Qué exactamente lo que hay dentro de la bolsa?

-Tristeza –dijo Doña Angustias con la mirada en el suelo.

-¡Esto es el colmo! ¡Encima con cachondeo! ¡Un poco más de respeto Señora! ¡Que yo no estoy aquí para estas tonterías! ¡Habráse visto...!

-No... yo no... le digo que es verdad... está toda en esa bolsa, toda la que tenía en casa...

-¡Silencio! Esto ya pasa de castaño oscuro... No sé si se ríe de mí, o es que está mal de la cabeza, pero le diré una cosa, o tira esa basura en su contenedor correspondiente ahora mismo o llamo a la policía... que ya empiezo a sospechar de si ahí dentro no llevará algo robado... y le repito que no se esfuerce, que no me ponga cara de pena...

-Le prometo que no... que no he hecho nada malo... es sólo que estoy triste... que tanta tristeza pesa mucho, no puedo arrastrarla ni un paso más, le doy mi palabra... y además, es que no encuentro el contenedor para estas cosas.

-Bueno, ya está bien. Como veo que no está por la labor, yo me ocuparé del reciclaje, pero de la multa no la libra nadie.

El hombre se acercó hasta la bolsa y la agarró por el cuello anudado. Casi perdió el equilibrio al tirar de ella, no podía imaginar que era aquello que pesaba tanto.

-¿Pero qué coño ha metido usted aquí? ¿Tornillos? ¿Escombros?

-Ya le dije... sólo tristeza.

-Sí... sí... vieja loca, lo que usted diga. Pero apartese a un lado mientras abro esto.

-¡No! –gritó la anciana –No haga eso, si uno respira tristeza, se le queda dentro para mucho, mucho tiempo. No abra la bolsa señor, por su bien, no la abra o...

-Pero vamos a ver... –la interrumpió el hombre mientras hurgaba en la bolsa -¿cómo quiere que sepa donde echar esto si no sabemos...? ¡Ah claro! Es que usted es de esos que no reciclan. Las viejas como usted creen que todo esto del reciclaje es una tontería, y así nos va. ¡Aquí se recicla todo! A ver si se enteran de una puñetera vez que los papeles se tiran en el contenedor verde, los plásticos en el amarillo, el vidrio en...

Al día siguiente, después del aperitivo y antes de recogerse, Don Prospero, Don Urbano, Don Justo, y Don Severo, detuvieron de pronto su animada conversación. No podían creerlo. La anciana decrépita que fue Doña Angustias salía del portal, pero esta vez convertida en otra persona. En lugar de sus ropas enlutadas, lucía un bonito vestido amarillo recién comprado, zapatos nuevos, y una flor en el pelo. Pasó por su lado sin verles siquiera. Tan sólo tuvo ojos para Don Amable, que como todos los días, la saludó sonriente. Todos habrían asegurado, de habérseles preguntado, que mientras subía la calle, canturreaba una canción.

Del inspector de basuras sólo se supo que lo encontraron llorando cerca de los contenedores, que así se lo llevaron al hospital, víctima de una profunda e inexplicable depresión.