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lunes, 26 de abril de 2010

EL FIN DEL MUNDO

Las señales eran claras, terribles, y estaban en todas partes.

El día y la noche ya no existían en ningún lugar, todo en la tierra estaba permanentemente bañado en aquél resplandor rojizo. El cielo se había convertido en una palpitante masa púrpura que tiempo atrás, había engullido a las estrellas. La vida se apagaba, los árboles, la hierba, las bestias... ya nada era lo mismo, el planeta languidecía a ojos vista, aplastado bajo el presagio del fin de los tiempos.

Peor aún fue para los hombres. Sus ciudades, sus mercados, su economía, sus transportes, su poder y su ánimo eran sólo recuerdos. Regresaron los tiempos oscuros cargados de turbios profetas, sectas apocalípticas y gurús del último día. Vendían esperanza, pero era esperanza amarga, de la que apenas salvaba a unos pocos, a los más fieles, a los que antes abrazaran el nuevo credo y renegasen de los pecadores.

No fueron necesarios muchos días para cambiarlo todo. La desesperación y el miedo corrieron libres, a toda prisa, sin olvidar un sólo rincón, y hasta alcanzarles a todos.

De alguna parte llegaron un día las manchas negras, nunca nadie lo supo. Alargadas e infinitas contra el rojo sangre de los cielos. Cambiantes en sus formas y creando extraños símbolos sin sentido.
En cada continente eran distintas, las últimas emisiones de radio hablaron de ello sin parar, sobre su tamaño, sobre la sustancia humosa que las formaba, pero sin dudar de su lóbrego aspecto de epitafio.

Seis mil millones de vidas perdieron todo sentido. Ante la indefinible amenaza, se vaciaron las ciudades. Por alguna razón que a nadie le importó, los habitantes de todo el planeta abandonaron sus hogares y se desplazaron juntos hacia los campos abiertos. Allí esperaron el final, formando infinitos rebaños de seres temblorosos. Unos a cara descubierta, otros escondiendo su desesperación entre las manos, y todos entregados a su fatídico destino.

Entonces, las manchas cobraron movimiento, perfilándose, dividiéndose en grandes pedazos a veces y uniéndolos a continuación. Siempre muy despacio... hasta formar palabras. Aquí solo fueron dos, inmensas, escritas de parte a parte del horizonte y con un trazo casi infantil...


¡Era broma!

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